¿DÓNDE ESTÁS?

¿Dónde estás?

El Paraíso ha suscitado interés. Me pedís que escriba más sobre él. Me ha sorprendido saber que hay personas a quienes todavía interesan ciertos temas. También me decís que por qué no escribo más a menudo. La razón es que LCDA no es un diario, en el sentido de periódico. No hay una agenda que cumplir porque no trato con la actualidad. Lo que aquí se ofrece son pensamientos, y los pensamientos son fugaces, inconstantes y están supeditados a los más sutiles cambios atmosféricos, emocionales y digestivos. No se trata de añadir contenido a granel, ya hay suficiente en todo el planeta. Y tampoco se trata de alimentar esa glotonería mediática que “sufrimos”. Terminar una película, un libro, o un artículo en este caso, y en seguida buscar otra cosa, sin siquiera digerir lo que acabamos de terminar, sin darnos tiempo a que las ideas o las imágenes se asienten, sin reflexionar o calcular cómo nos han afectado, si valorar el poso que dejan, nos convierte en sumideros. Y por mucho que comamos siempre estaremos desnutridos. Además, en LCDA hay más artículos que os invito a leer y voy a sacar del archivo escritos antiguos que creo pueden interesaros.

“Y llamó Dios Jehová a Adán, y le dijo: ¿Dónde estás?

Génesis 3:9

Se dice que el árbol de la ciencia en la Biblia simboliza lo que debe permanecer oculto y que Adán y Eva desobedeciendo a Dios, se atrevieron internarse en un espacio prohibido. También se dice que esa es la causa por la que tuvimos que abandonar el Paraíso. Lo que Dios le pregunta a Adán después de que éste le haya desobedecido es de lo más misterioso. Le dice: ¿Dónde estás?  Y Adán, sabiendo que ha penetrado en un lugar prohibido se esconde o trata de esconderse de Dios, como si quisiera crear un espacio libre de Su mirada, es decir como si, ocultando su falta, ésta pudiera dejar de ser vista.

Mientras paseaba esta noche por un descomunal corredor de la planta baja, acuchillado por plateados reflejos de luna llena me he preguntado: ¿Dónde relegamos lo que nos asusta, lo que nos avergüenza, lo que compromete la idea que tenemos de nosotros mismos? En el inconsciente, me he respondido.

Adán quiere relegar su acto al olvido, borrarlo del mapa mítico de su consciencia recién adquirida y por tanto de la historia misma de la creación, de la que él forma parte original. Pero todo esto es extraño, me he dicho. Justo cuando Adán se atreve a desobedecer las órdenes de Dios, ¿es cuando más humillado se siente? ¿Por qué? Si ya ha adquirido conocimientos que le colocan a la altura de Dios ¿por qué no plantarle cara y hacer uso de su nueva sabiduría o poder adquiridos? ¿Por qué no puede esconder su acto de Dios? La respuesta puede ser que el espacio que Dios habita es el mismo inconsciente. Dios es aquello que no puede ser conocido, aquello que mueve el universo y para lo que no tenemos una respuesta. Como el inconsciente, Dios está ahí, pero no podemos percibirlo, dominarlo, ni entenderlo… Dios no ocupa un espacio o quizá es el espacio. Lo mismo puede decirse del amor, de la alegría, del sueño, del deseo, del miedo, de la sinceridad. Todo lo que nos define, lo que nos conforma, lo que nos mueve, no ocupa espacio. Nunca he comprendido a esa gente que dice: Yo solo creo en aquello se puede ver y tocar. Esas personas ¿no creen entonces en el amor, en la inteligencia, en el dolor, en la voluntad? Es tan poco lo que se puede ver y tocar comparado con lo que no se puede ni ver ni tocar.

El caso es que esta frase del Génesis siempre la relaciono con otra que, aunque proviene de un contexto completamente distinto, me recuerda a la pregunta que Dios le hace a Adán. La frase analiza el acto de Adán desde otra perspectiva. Dice: “Antes de saber cómo debo comportarme debo determinar en qué plano de la realidad me encuentro”. La frase pertenece a un magnífico libro titulado Ficciones Barrocas en concreto al capítulo dedicado a Borges y señala que la ficción barroca sugiere preocupaciones metafísicas antes que éticas. Según eso, Adán y Eva, ¿sabían en qué plano de la realidad se encontraban cuando estaban en el Paraíso? Su acto, ¿fue en realidad un acto de desobediencia o simplemente actuaron movidos por una necesidad ontológica debido precisamente a que no sabían en qué plano de la realidad estaban? ¿O hicieron lo que no debían porque no sabían cómo debían comportarse? Dios les dijo claramente que no comieran de ese árbol, pero ¿sabían ellos lo que en realidad significaba ese árbol? La prohibición de Dios parece razón suficiente para no comer de él, pero Adán y Eva no conocían nada fuera del Paraíso. Es decir, no tenían herramientas interpretativas ni comparativas y quizá la prohibición era demasiado ambigua y profunda para sus jóvenes consciencias.

Desde esta frase el acto de Adán tiene unas implicaciones y sugiere unas preguntas muy distintas porque no asume, como en la primera frase, que Adán fuera un ser plenamente consciente de sus actos, de su estatus, de lo que Dios significaba y de lo que les estaba pidiendo y por qué.

Aunque todo esto es ya “food for thought” como dicen los ingleses, hay otra cosa que la frase del Génesis me invita a pensar. Y es en la preeminencia del espacio en nuestras vidas. Por eso he señalado en cursiva todas las palabras que hacen referencia a éste.

Es una afirmación indiscutible decir que desde que nacemos nos encontramos en algún sitio, que ocupamos un espacio. Es imposible no hacerlo. No ocupar un espacio es no existir, porque hasta los muertos ocupan espacio. Podríamos decir también que no tener un lugar en el mundo es casi tan terrible como estar muerto. Porque saber cuál es nuestro lugar en esta vida es probablemente una de nuestras inquietudes más significativas.

Todos sabemos que existen lugares extraños, espacios misteriosos que son más que una parcela en el mapa. Del mismo modo existen mentes extrañas, mentes que abarcan tiempos y territorios inexplorados. Por último, existen regiones del espíritu a las que solo unos pocos, y en raras ocasiones, pueden acceder. Esta palabra, acceder, implica movimiento en el espacio, aunque todos sabemos también que a esos “lugares” no se puede llegar andando. Y sin embargo lo decimos con naturalidad, asumiendo que incluso las “regiones del espíritu” tiene su lugar en el orden universal. Y es que el espacio es uno de esos conceptos que de tenerlos tan cerca, se nos hacen invisibles. Usamos términos espaciales para describir casi todas las experiencias que vivimos tanto materiales como inmateriales. Los verbos que nos definen son ser y estar. Dónde estamos es tan importante como quiénes somos. Dónde estamos define nuestra interioridad. Por eso la pregunta que Dios le hace a Adán ¿Dónde estás? resulta tan misteriosa. Lo normal habría sido preguntar: ¿Por qué has hecho eso? ¿Por qué me has desobedecido? Pero no, Dios lo primero que le pregunta es: ¿Dónde estás? Es difícil pensar que no lo supiera, y más lógico razonar que Dios está asumiendo que, ya que ha comido del fruto prohibido, Adán ha adquirido un grado más elevado de consciencia y que eso le permitirá responder a la pregunta: ¿En que plano de la realidad te encuentras? Como Dios es Dios por algo, cabe especular también que ya tuviera pensado que Adán y Eva iban a actuar así. Con esta premisa, la misteriosa pregunta adquiere un sentido más sólido.

Más sólido, digo… No hay solidez en nada de esto. Todo son elucubraciones mías. Puede que nada de esto sea real o verdad, puede que no haya acontecido siquiera… Pero lo que sí es real es que al menos como literatura, como reflexión, existe y eso ya es mucho, porque como dice Merleau-Ponty:

“El lenguaje es la única forma de expresar la vida religiosa. Palabras sacramentales y gestos sacramentales no son simplemente un pensamiento. Como todo lo tangible son en sí mismos los portadores de sentido que es inseparable de su expresión material. No evocan la idea de Dios: son el vehículo de Su presencia y acción.”

Otra frase extraordinaria en la que pensar.

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